*José Manuel Palma García colabora con especialistas y representantes del sector ganadero en la selección de indicadores que sean útiles para las personas productoras y permitan evaluar prácticas sociales, económicas, productivas y ambientales.
¿Cómo saber si una explotación bovina aplica prácticas sostenibles sin exigirle a quien la trabaja que mida cientos de variables? Esa es una de las preguntas que busca responder la Estrategia Nacional de Ganadería Sostenible, en cuyos trabajos participa José Manuel Palma García, investigador de la Facultad de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (FCBA) de la Universidad de Colima.
El académico explicó que especialistas de distintas instituciones y representantes de la cadena de producción de bovinos para carne trabajan en una propuesta de indicadores comprensibles, medibles y útiles, tanto para las personas productoras como para las instituciones que eventualmente apliquen la estrategia.
De acuerdo con el Dr. Palma García, el trabajo se ha desarrollado en tres talleres. En el primero, realizado en la Ciudad de México, integrantes del Colegio Mexicano de Agroforestería Pecuaria avanzaron en la definición de ganadería bovina sostenible y establecieron ocho categorías con sus respectivos indicadores.
En un segundo encuentro, también en la capital del país, participaron más de 45 representantes de instituciones gubernamentales, organismos nacionales e internacionales, organizaciones ganaderas, el sector productivo y entidades de financiamiento. Al reunir las propuestas de las ocho categorías, dijo el investigador, se obtuvo un conjunto de cerca de 150 indicadores.
El tercer taller, señaló, se realizó los días 17 y 18 de septiembre en la Universidad Cuauhtémoc, en Guadalajara. Su propósito fue avanzar hacia una selección más reducida que permita caracterizar la ganadería bovina sostenible sin convertir la evaluación en una carga excesiva para las personas productoras.
Palma García explicó que las ocho categorías se relacionan con cuatro ámbitos: el social, el económico, el productivo y el ambiental. El reto del grupo es encontrar medidas que reflejen esas dimensiones y puedan aplicarse en condiciones reales. “Nos estamos poniendo el reto de utilizar diez indicadores con estas ocho categorías”, señaló.
La intención, añadió, es que una persona productora pueda entender qué prácticas se evaluarían y qué tendría que cumplir si en el futuro se establece un sello, distintivo o esquema de certificación de ganadería sostenible. Los indicadores, sus valores y los posibles mecanismos de reconocimiento aún están en construcción.
Una de las prácticas analizadas es la agroforestería pecuaria, que incorpora árboles a los sistemas ganaderos. Entre sus modalidades están los sistemas silvopastoriles, que combinan árboles y pastoreo, y los agrosilvopastoriles, que integran también cultivos.
Según el investigador, los árboles pueden aportar alimento y sombra al ganado, favorecer la presencia de fauna y, de acuerdo con las condiciones del lugar y el manejo del sistema, contribuir a la captura de carbono y a la infiltración de agua en el suelo. Palma García destacó la conveniencia de considerar especies nativas o naturalizadas, adaptadas a las condiciones de cada región.
Estas decisiones, precisó, no pueden ser iguales para todo México. Durante los trabajos se han compartido experiencias de Chiapas, Quintana Roo, Sonora, Veracruz, Jalisco y Colima, estados con características agroecológicas distintas. Frente a la deforestación asociada con ciertas formas de expansión ganadera, sostuvo que incorporar árboles y mejorar el manejo del territorio puede ofrecer otra manera de desarrollar esta actividad.
Una vez sistematizada la información del tercer encuentro, el grupo buscará definir los indicadores y sus valores, rangos o umbrales de medición. Palma García señaló que después se pretende probar la metodología con personas productoras para determinar si es clara, aplicable y viable en campo.
También analizan cómo vincular las prácticas sostenibles con mecanismos de financiamiento. Para ello, explicó, será necesario identificar qué tecnologías podrían recibir apoyo, qué beneficios ofrecen y si resultan económicamente viables para quienes producen.
Además de los indicadores, quienes participan en la estrategia plantean elaborar productos académicos y un catálogo de tecnologías basado en experiencias reales, que otras personas productoras puedan consultar y, cuando sus condiciones lo permitan, adaptar. El objetivo, dijo Palma García, es que los resultados de la investigación tengan una utilidad práctica y contribuyan a una propuesta para la política pública nacional en materia de ganadería sostenible.





