
Hablar de medicinas psicodélicas es hablar de experiencias que pueden ser profundamente significativas para algunas personas, pero también de una responsabilidad que no debe tomarse a la ligera. Cuando un adulto decide acercarse a este tipo de prácticas con una intención de sanación, introspección o trabajo interior, una de las decisiones más importantes no es solamente qué medicina utilizar, sino con quién hacerlo, qué sustancia recibirá y qué tipo de acompañamiento tendrá antes, durante y después de la experiencia.
Después de aproximadamente diez años de acercamiento, estudio e investigación alrededor de las medicinas psicodélicas, una de las recomendaciones que considero más importantes para quienes confían en mi profesión y en mi camino es precisamente ésta: no entrar a una experiencia psicodélica sin información, sin preparación y sin un seguimiento responsable.
Conocer la medicina es fundamental. No todas las sustancias psicodélicas son iguales, ni producen los mismos efectos, ni tienen los mismos riesgos. También es indispensable conocer su procedencia, composición y posibles interacciones, además de considerar las condiciones particulares de cada persona. Una experiencia que puede ser significativa para alguien puede representar un riesgo importante para otra persona.
Por eso considero indispensable que exista un proceso de acompañamiento antes, durante y después. El antes permite preparar y conocer a la persona; el durante implica contar con un entorno seguro y un acompañamiento responsable; y el después resulta fundamental para integrar aquello que pudo haber surgido durante la experiencia.
La integración es, en muchos casos, una parte que se subestima. Una experiencia intensa no necesariamente significa que haya ocurrido una transformación. Lo verdaderamente importante puede comenzar después: comprender lo vivido, procesar las emociones, identificar aprendizajes y, sobre todo, llevarlos a la vida cotidiana de una manera saludable.
También respeto profundamente a quienes deciden no seguir estas recomendaciones. Finalmente, hablamos de personas adultas, capaces de tomar sus propias decisiones y establecer hasta dónde desean permitir acompañamiento o apoyo. Mi responsabilidad profesional consiste en informar, advertir sobre los riesgos y ofrecer herramientas para que esas decisiones sean lo más conscientes y seguras posible, no en imponer un camino.
Sin embargo, existe una práctica que considero especialmente preocupante: mezclar diferentes sustancias psicodélicas durante un mismo fin de semana o realizar varias experiencias de este tipo en periodos muy cortos sin una adecuada valoración y supervisión.
No se trata de acumular experiencias para obtener una transformación más rápida. El organismo y la mente necesitan tiempo para procesar una experiencia psicodélica. Combinar sustancias, desconocer sus dosis o procedencia, repetir experiencias sin permitir periodos adecuados de recuperación o hacerlo sin acompañamiento profesional puede incrementar los riesgos físicos y psicológicos.
Además, una experiencia psicodélica puede movilizar emociones, recuerdos y estados de conciencia de enorme intensidad. Pretender atravesar varias experiencias consecutivas sin tiempo suficiente para integrar lo ocurrido puede resultar contraproducente y dificultar distinguir entre una experiencia de crecimiento y una situación que requiere atención especializada.
Por eso, para mí, hablar de medicinas psicodélicas también significa hablar de responsabilidad, preparación, respeto y límites.
Durante estos diez años he entendido que quien acompaña procesos de esta naturaleza también tiene una responsabilidad consigo mismo. Por esa razón, cada año realizo internamientos y procesos de aprendizaje directamente en la selva, buscando continuar mi propia formación, investigación y experiencia dentro de estos contextos.
No voy a la selva únicamente para vivir una experiencia personal. Lo hago también como parte de un proceso permanente de aprendizaje y preparación que me permita comprender mejor estas medicinas, sus contextos tradicionales, sus posibles riesgos y la responsabilidad que implica acompañar a otras personas.
Quienes depositan su confianza en mi camino y en mi profesión merecen que yo continúe preparándome. La seguridad no puede ser una promesa; tiene que ser una práctica constante.
Las medicinas psicodélicas no deberían convertirse en una moda, en una competencia por acumular experiencias ni en una aventura improvisada. Si una persona decide recorrer este camino, merece hacerlo desde la información, el respeto y la responsabilidad.
Porque la verdadera sanación interior no consiste solamente en abrir una puerta de la conciencia. También implica saber cómo entrar, cómo atravesar lo que encontremos y cómo regresar para integrar lo aprendido en nuestra vida cotidiana.
Por una sanación responsable.
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