Cuando la tierra nos recordó que somos hermanos

Los terremotos de Venezuela nos deja una lección que retumba más fuerte que el sismo: solo nos tenemos los unos a los otros.

A muchos nos aterró la noticia. Venezuela, ese país que sentimos tan cercano por las historias de quienes migraron y por los que se fueron, había temblado dos veces en 39 segundos. 7,2 y luego 7,5. Yaracuy, Caracas, La Guaira. Nombres que hoy duelen como si fueran propios.

Las cifras asustan, vidas perdidas, miles de heridos, familias enteras buscando a los suyos bajo los escombros. Edificios que ayer eran hogares, hoy son silencio. El Aeropuerto de Maiquetía, puerta de entrada de tantos sueños, partido a la mitad.

Pero en medio del polvo, del miedo y del caos, emergió algo que ningún sismógrafo puede medir: la solidaridad de un pueblo.

Porque Venezuela nos está enseñando, a punta de dolor, lo que significa ser humano.

Ahí están las imágenes que no salen en los reportes oficiales: el señor que perdió su bodega repartiendo la última botella de agua que le quedaba. La enfermera que lleva tres días sin dormir porque “si me voy, ¿Quién los cuida?”. Los jóvenes con palas y con las manos, quitando piedra tras piedra sin preguntar de qué partido era quien estaba abajo. Los niños llevando tapitas de refresco llenas de café a los rescatistas.

En 39 segundos se cayeron las casas, pero se levantó un país.

Y duele, pero también estremece el alma ver cómo el venezolano entendió que el vecino es familia. Que el desconocido es hermano. Que cuando la tierra ruge, no hay apellido, no hay clase social, no hay “mío” y “tuyo”. Solo hay un “nosotros” desesperado por abrazarse.

Nosotros, aquí en Colima, sabemos lo que es temblar. Vivimos bajo el Volcán de Fuego. Hemos sentido cómo el piso se mueve y el corazón se para. Por eso, lo de Venezuela no nos es ajeno.

Porque ese terremoto del 24 de junio nos grita una verdad que a veces olvidamos entre el tráfico, las deudas y el celular: lo más valioso no cabe en una cartera.

No es la casa de tres pisos. No es el carro del año. No es el puesto, el título, la cuenta de banco.
Todo eso, en 39 segundos, se vuelve nada.

Lo único que no se derrumba es una mano que te jala para sacarte. Es la voz que grita tu nombre entre los escombros. Es el desconocido que te presta su hombro para llorar a quien ya no está.

Hoy Venezuela llora a sus muertos, pero también nos da una cátedra de dignidad. Nos recuerda que somos frágiles, sí, pero que juntos somos indestructibles. Que un pueblo unido no se mide por cuántos edificios tiene de pie, sino por cuántos brazos se levantan para sostener al caído.

Ojalá no tengamos que vivirlo para entenderlo. Ojalá aprendamos viéndolos a ellos: que la prevención es importante, pero la compasión es urgente. Que tener una mochila de emergencia sirve, pero tener un corazón dispuesto a ayudar, salva más vidas.

Desde Colima, tierra sísmica y solidaria, abrazamos a Venezuela. No con lástima, sino con respeto. Con admiración. Con la promesa de que su dolor no nos sea indiferente.

Porque mañana podemos ser nosotros. Y ese día, querremos que el mundo nos mire como hoy miramos a Venezuela: no como víctimas, sino como maestros de humanidad.
Terap. Paty Mendoza Información 312 133 4989 Sígueme en mis redes sociales
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