-Diego Dozal Valencia
De pronto, el centro de Colima vuelve a llenarse de camisetas verdes. En las calles se cruzan familias, amigos, niños, adultos y abuelos con un mismo escudo en el pecho. Algunos visten el jersey tradicional; otros, el blanco o el negro. No importa el color. Todos llevan la misma ilusión.
Porque un Mundial tiene ese extraño poder de hacernos sentir parte de algo mucho más grande que nosotros. Nos recuerda que, por noventa minutos, un país entero late al mismo ritmo.
Este año la Selección está más cerca que nunca. A poco más de 200 kilómetros en Guadalajara y a alrededor de 600 kilómetros en la Ciudad de México. Pero la distancia nunca ha definido el amor de la afición colimense. Lo hemos demostrado viajando miles de kilómetros, desvelándonos para ver un partido al otro lado del mundo o reuniéndonos en una plaza para cantar un gol como si estuviéramos en la tribuna.
Colima respira futbol. Lo hace en sus barrios, en sus canchas, en sus hogares y, sobre todo, en su gente. En quienes nunca dejan de creer, incluso cuando el camino parece cuesta arriba.
Hoy no solo vemos camisetas. Vemos esperanza, recuerdos, abrazos que aún no suceden y una nueva oportunidad para soñar juntos.
Porque antes de que ruede el balón, ya ganamos algo muy valioso: la ilusión de volver a sentirnos unidos.
“El temple del brazo es vigor en la tierra.”









