Cuando llega el Mundial de Futbol, México se une en un objetivo y en un sentimiento común.
Durante un mes cada cuatro años se vuelve irrelevante si eres de Colima, de Jalisco, de Nuevo León, de la Ciudad de México, de Puebla o Chiapas; no importa tampoco si le vas a las Chivas, al América, al Cruz Azul, a los Rayados o al Atlas. Incluso deja de importar si eres conservador o transformador: todas y todos nos ponemos la Verde y todas y todos anhelamos el quinto partido y más allá.
La actual Copa del Mundo representa para México también un hito histórico: ningún otro país ha sido anfitrión de este torneo —que es el que más audiencias e interés genera entre todos los eventos deportivos globales— en tres ocasiones. Sólo México. Sólo este gran país.
Ser anfitriones ha implicado que en el país se detone una serie de inversiones en infraestructura, no sólo deportiva, sino también vial y turística en las tres ciudades sede.
Estas cerca de cinco semanas implicarán una gran derrama económica para los sectores turístico, de servicios y restaurantero, y también representan una gran oportunidad para que nuestro país sea visto por el mundo y brille.
En las últimas semanas y meses hemos visto que la preparación como país sede ha traído enormes retos logísticos, relacionados con las obras que se realizan, pero también con la propia organización de la competencia y sus implicaciones para atender semejante flujo de visitantes.
Así que en las próximas semanas seguramente nos encontraremos con nuevos obstáculos, retos o dificultades. Y aquí se va a requerir una gran coordinación y suma de esfuerzos entre los privados responsables del evento, así como las autoridades del Gobierno de México y los gobiernos locales de las ciudades sede.
Y aquí yo les invitaría a no olvidar dos cosas: primero, que es un evento eminentemente privado; y segundo, que la camiseta que debemos ponernos este mes no es naranja ni guinda, sino verde, blanca y roja.
Este mes y en este tema debemos dejar las diferencias y los cálculos políticos de lado. Lo que debe imperar entre el 11 de junio y el 19 de julio es el sentimiento de unidad y el anhelo de todo un pueblo de triunfar y trascender.
Y cuando el Mundial termine, el verdadero éxito no deberá medirse únicamente en cuántos visitantes llegaron, cuántos partidos se jugaron o cuánta derrama económica se generó. También deberá medirse en la infraestructura que quede para las comunidades, en las oportunidades que se abran para nuestras juventudes, en los espacios que ganemos para el deporte y en los recuerdos que esta experiencia construya para toda una generación de niñas y niños mexicanos.
Pero, sobre todo, deberá medirse en algo más profundo: en la demostración de que no existen dos Méxicos enfrentados e irreconciliables, sino un solo México capaz de unirse alrededor de un sueño común. Porque cuando dejamos de lado nuestras diferencias y trabajamos en una misma dirección, descubrimos algo que a veces olvidamos: que unidos somos capaces de lograr mucho más.
Sólo es futbol, sólo es un deporte, pero es también mucho más. Es la ilusión de las niñas y los niños, que se identifican como parte de una colectividad más grande que ellos mismos; es darle espacio a la idea de que, sin importar las limitaciones o dificultades de nuestro origen, con talento y esfuerzo podemos competir y destacar a nivel global; que el origen no es destino y que el pasado no siempre es el mejor predictor del futuro; que cuando un pueblo se une entorno a un sueño y hace disciplinadamente su tarea, puede alcanzar sus propósitos.
Para las y los mexicanos, esa unidad alrededor de un sueño es mucho más grande que cualquier diferencia. Porque cuando México logra reconocerse como una sola afición, como un solo pueblo y como un mismo sueño, nos recuerda que hay algo más fuerte que nuestras diferencias: todo aquello que compartimos.










