Crónica de un divorcio anunciado

Por Jorge Luis Preciado

La ruptura inevitable entre Claudia Sheinbaum y Andrés Manuel López Obrador.

En política, las lealtades duran mientras coinciden los intereses del poder. Y aunque hoy Morena intenta proyectar una imagen de continuidad absoluta entre Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum, la historia política mexicana demuestra que no existen los maximatos eternos. El presidencialismo mexicano, por naturaleza, termina devorando cualquier tutela política anterior. Por eso, la verdadera pregunta ya no es si habrá ruptura entre el obradorismo y el sheinbaumismo, sino cuándo y bajo qué condiciones ocurrirá.

La respuesta parece cada vez más evidente: el punto de inflexión será 2027.

Durante años, López Obrador pudo construir su narrativa política responsabilizando al pasado. Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y el “neoliberalismo” fueron utilizados como explicación permanente de la corrupción, la violencia y el deterioro institucional del país. Esa narrativa le permitió cohesionar a Morena y justificar muchas de sus decisiones políticas y económicas. Sin embargo, Claudia Sheinbaum enfrenta una realidad completamente distinta: ya no existe un pasado priista o panista al cual culpar. El pasado inmediato es Morena. Y, específicamente, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Ese cambio altera completamente las reglas del juego.

La presidenta comienza poco a poco a construir una identidad propia, y lo hace justamente en los temas donde el gobierno anterior mostró mayores debilidades: seguridad y corrupción. La diferencia no es menor. Mientras López Obrador insistió en la estrategia de “abrazos, no balazos”, el gobierno actual ha comenzado a enviar señales de mayor confrontación con el narcotráfico y de fortalecimiento institucional en materia de seguridad. La presión internacional, particularmente de Estados Unidos, pero también la realidad de violencia en distintas regiones del país, hacen prácticamente imposible sostener indefinidamente la estrategia del sexenio pasado.

Pero el verdadero punto delicado está en la corrupción.

Casos como Segalmex se han convertido en símbolos incómodos para Morena. Durante años, López Obrador construyó su legitimidad bajo la idea de que la corrupción era un fenómeno exclusivo de los gobiernos anteriores. Sin embargo, Segalmex representó uno de los mayores escándalos de desvío de recursos públicos en la historia reciente del país, precisamente dentro del gobierno que prometía erradicar esas prácticas.

A ello se suman investigaciones relacionadas con redes de huachicol, detenciones de funcionarios y mandos vinculados con estructuras políticas del pasado sexenio, y una creciente necesidad institucional de deslindar responsabilidades. La presidenta no puede gobernar exitosamente cargando indefinidamente con los costos políticos de decisiones ajenas. Eventualmente necesitará marcar distancia.

Y la política mexicana ofrece un mecanismo natural para esa separación: el control de las candidaturas.

La mayoría de los gobernadores actuales de Morena fueron electos durante el auge político de López Obrador. Lo mismo ocurre con una parte importante del Congreso federal. Diputados, senadores y estructuras territoriales llegaron impulsados por el liderazgo personal del entonces presidente y por las decisiones de su círculo político.

Pero eso cambiará en 2027.

Ese año no sólo se renovará la Cámara de Diputados; también estarán en disputa 16 gubernaturas. Y ahí se definirá el verdadero reparto del poder dentro de Morena. Porque quien controle las candidaturas controlará el futuro del movimiento y, sobre todo, la sucesión presidencial de 2030.

Hasta ahora, Claudia Sheinbaum todavía gobierna con una estructura política parcialmente heredada. Comparte espacios de poder con cuadros cuya lealtad principal no necesariamente está en Palacio Nacional, sino en el legado político de quien los impulsó originalmente. Pero la renovación de gubernaturas y del Congreso abrirá la posibilidad de construir un nuevo mapa político completamente alineado con la actual presidencia.

Ahí comenzará el conflicto inevitable.

López Obrador buscará mantener influencia en las decisiones internas de Morena. Intentará preservar espacios para su grupo político y asegurar que el movimiento continúe respondiendo a su visión personal. Sería ingenuo pensar lo contrario. Ningún liderazgo político de esa magnitud desaparece voluntariamente de la escena nacional.

Sin embargo, tampoco existe antecedente en la política mexicana moderna de un presidente en funciones que acepte compartir el poder real con su antecesor por tiempo indefinido.

Claudia Sheinbaum necesitará consolidar autoridad propia. Necesitará operadores propios, gobernadores propios, legisladores propios y, eventualmente, un proyecto sucesorio propio. Porque el presidencialismo mexicano no tolera dobles mandos. La lógica del sistema obliga a la concentración política alrededor de quien ocupa el poder ejecutivo.

Por eso el divorcio es inevitable.

No necesariamente será inmediato, estridente o público. Tal vez ocurra gradualmente, mediante reacomodos internos, desplazamientos silenciosos y nuevas alianzas dentro de Morena. Pero llegará el momento en que el proyecto político de Claudia Sheinbaum ya no pueda coexistir cómodamente con la sombra permanente de López Obrador.

La historia política mexicana está llena de rupturas similares: Calles y Cárdenas, Salinas y Zedillo, incluso Fox y Calderón dentro del propio panismo. El poder presidencial en México termina construyendo su propia lógica de supervivencia.

Y Morena no será la excepción.

El 2027 será mucho más que una elección intermedia. Será la disputa por el alma del movimiento gobernante. Ahí comenzará realmente la transición del obradorismo hacia otra etapa política. O, dicho de otra forma, será el momento en que la continuidad deje de ser un discurso y se convierta en una disputa abierta por el control del poder.

Porque, al final, toda sucesión presidencial en México termina resolviendo la misma pregunta: quién manda realmente.

Y tarde o temprano, Claudia Sheinbaum tendrá que responderla sin ambigüedades.