Las heridas que bebemos

Cuando el alcohol no es el problema, sino el intento de solución.

Nos enseñaron que el alcoholismo es un vicio. Que es falta de voluntad, debilidad de carácter, una mala decisión que se repite. Pero nadie se vuelve adicto al alcohol porque le gusta el sabor del alcohol. La gente se vuelve adicta porque no soporta el sabor de su propia historia sin anestesia.

Y esa historia, casi siempre, empezó mucho antes del primer trago.

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Los psicólogos las llaman “las cinco heridas del alma”: el abandono, el rechazo, la humillación, la traición y la injusticia. No son metáforas poéticas. Son marcas que deja la infancia cuando el amor no llega como debía llegar.

Un niño abandonado no es solo el niño que dejaron en un orfanato. Es el niño que lloraba en su cuarto y nadie iba. El que aprendió que si necesitaba, estorbaba.
Un niño rechazado no es solo al que le dijeron “no te quiero”. Es al que se le rieron por llorar, al que compararon, al que hicieron sentir que por ser como es, no era suficiente.
El humillado, el traicionado, el que vivió injusticia… todos aprendieron la misma lección a los cinco, a los ocho, a los diez años: “Hay algo malo en mí y el mundo no es un lugar seguro”.

El cuerpo crece. El niño se hace hombre, se hace mujer. Consigue trabajo, se casa, tiene hijos. Por fuera funciona. Por dentro, sigue sangrando.

Y un día descubre el alcohol.

El alcohol hace lo que nadie hizo en la infancia: le dice al hombre humillado “aquí eres grande”. Le dice a la mujer abandonada “aquí no estás sola”. Le dice al traicionado “ahora tú tienes el control”. Le dice al rechazado “ahora sí perteneces, ahora sí eres gracioso, ahora sí te quieren”.

Por un rato, funciona. Es un vendaje perfecto para una herida abierta. El problema es que el vendaje está empapado en veneno.

Con el tiempo, el alcohol ya no tapa la herida, la agranda. El hombre que bebía porque se sentía abandonado, ahora es abandonado de verdad por su familia porque bebe. La mujer que bebía por la vergüenza, ahora carga con una vergüenza mayor. La herida original queda intacta, pero ahora cubierta de culpa, de deudas, de violencia, de hígados destruidos y de promesas rotas.

Destruye a los hombres y a las mujeres de forma distinta, pero desde el mismo lugar.

Al hombre le destruye la identidad. Le vendieron que no puede llorar, que no puede pedir ayuda. Entonces no habla de su herida, la bebe. Y cuando bebe, se vuelve violento o se apaga. Pierde su papel de padre, de pareja, de hijo. Muere por fuera como el fuerte, por dentro como el niño que nunca fue abrazado.

A la mujer le destruye en silencio. A ella le enseñaron a aguantar. Bebe a escondidas, en la cocina, después de que todos se durmieron. Su alcoholismo es más juzgado, más escondido, más lleno de culpa. Bebe para no sentir el rechazo, y termina sintiéndose la más rechazada de todas.

Por eso, si queremos hablar en serio del alcohol en esta ciudad, en este estado, en este país, tenemos que dejar de hablar solo del alcohol.

Tenemos que hablar de la infancia.

Ninguna campaña de “di no al alcohol” va a funcionar si no preguntamos: ¿qué le pasó a este hombre a los 7 años? ¿qué le pasó a esta mujer a los 9? ¿quién no la protegió?

Revisar los daños de la infancia no es culpar a los padres. La mayoría hicieron lo que pudieron con lo que tenían. Revisar es un acto de responsabilidad adulta. Es decir: “Esto me dolió, no fue mi culpa que me doliera, pero sí es mi responsabilidad sanarlo ahora”.

Un inventario de daños no es para quedarse a vivir en el pasado. Es para dejar de repetirlo en el presente.

Si usted está bebiendo para no sentir, no necesita más fuerza de voluntad. Necesita más verdad. Necesita terapia, necesita un grupo, necesita un lugar donde pueda decir por primera vez: “me dolió que no estuvieras, mamá”, “me dolió que me pegaras, papá”, “me dolió que nadie me viera”.

El alcohol no se cura dejando de beber. Se cura dejando de huir de la herida que te hizo beber.

Y cuando un hombre o una mujer se atreve a mirar esa herida de frente, sin botella en la mano, ocurre el milagro más grande: descubre que ese niño herido no murió. Sigue ahí, esperando no una copa, sino que por fin alguien —él mismo— lo venga a salvar.
Solo observa con amor esas heridas y busca la herramienta de sanación que espera por ti.
Terap. Paty Mendoza 312 133 4989
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