Por: Hugo Ramírez Pulido

Durante años, la autopista Colima–Manzanillo fue el ejemplo perfecto de lo que no funcionaba en el gobierno: diagnósticos claros, riesgos evidentes… y cero resultados.
Todos sabían que el tramo de La Salada era una bomba de tiempo. Curvas peligrosas, tráfico pesado, accidentes constantes. Las cifras de siniestros no eran un secreto, eran una constante. Y aun así, no pasó nada.
El sexenio de Ignacio Peralta Sánchez cerró como empezó: con promesas, con discursos, pero sin una sola obra de esta magnitud que realmente transformara la realidad del estado. Lo que sí dejó fue una pesada carga financiera, una deuda pública que limitó durante años la capacidad de maniobra de la administración estatal.
Porque hay que decirlo sin rodeos: no gestionar también es una forma de fallar.
La ampliación de la autopista no requería ocurrencias, requería voluntad política, capacidad de interlocución con la federación y, sobre todo, prioridad. Y eso fue precisamente lo que no hubo.
Hoy, con la obra en marcha, el contraste es inevitable.
La administración de Indira Vizcaíno Silva logró lo que parecía estancado: convertir un proyecto archivado en una realidad en ejecución. Sí, con recursos federales —como debía ser desde un inicio—, pero con una gestión que finalmente alineó la estrategia, destrabó procesos y empujó la obra hasta verla arrancar.
Más de 4 mil millones de pesos de inversión no aparecen por casualidad. Llegan cuando alguien toca las puertas correctas, insiste y pone el tema en la agenda nacional.
Y el fondo del asunto no es político, es humano.
Durante años, La Salada fue sinónimo de tragedia. Familias colimenses y miles de personas que transitan hacia el puerto de Manzanillo han enfrentado un riesgo constante en una carretera que simplemente ya no estaba a la altura de la demanda. Cada curva peligrosa que hoy se corrige es, en realidad, una deuda que se está saldando.
La ampliación a seis carriles, la rectificación de trazos y la modernización de la vía no solo representan desarrollo: representan seguridad. Representan menos accidentes, menos pérdidas humanas, menos historias que terminan en un punto ciego de la carretera.
Claro, hoy hay molestias. Tráfico lento, obras, incomodidades. Pero hay algo que antes no existía: maquinaria trabajando, estructuras levantándose, un proyecto avanzando.
Eso es lo que realmente incomoda… pero al pasado.
Porque esta obra no solo construye una autopista. También exhibe años de omisión.
Y deja una pregunta inevitable:
¿Cuántas vidas se pudieron haber evitado perder si esta decisión se hubiera tomado antes?









