“El Maestro Sonríe, por la Paz que vive en Él, su experiencia le permite ver más allá de la apariencia engañosa, la palabra hueca o la acción mal intencionada, puede percibir la condición humana en sus semejantes, sus miedos, deseos, frustraciones, contradicciones y potencialidades”
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Con el gusto de volver a contactar contigo, continuamos hoy con la segunda entrega de esta trilogía de publicaciones. Después de haber reflexionado sobre el amor, en esta ocasión nos detenemos ante otra palabra esencial, muchas veces olvidada o malinterpretada: la Paz.
Pero, ¿Qué es realmente la Paz?
El Diccionario de la Real Academia Española la describe como la ausencia de conflictos entre países o personas, como armonía o estado de quietud. Y aunque estas definiciones no son incorrectas, apenas rozan la superficie de un concepto mucho más amplio, más profundo… más humano.
Para muchos, la Paz parece un ideal lejano, un estado reservado para personas mayores, filósofos retirados o religiosos contemplativos. Incluso puede parecer aburrida, como si vivir en paz implicara dejar de sentir pasión o dejar de involucrarse con el mundo.
Pero esa es una gran confusión.
La Paz no es ausencia de conflicto, es presencia de conciencia. La Paz verdadera no es una evasión ni una comodidad estéril, es una fuerza serena, una lucidez que abraza, una certeza silenciosa. No se trata de que todo afuera esté en calma, sino de que uno haya encontrado un centro estable desde donde vivir. Y es que, cuando perdemos ese centro, reemplazamos la paz por la intriga. La intriga es el ruido del ego, la constante sospecha, la necesidad de defendernos, de controlar, de aparentar. Es la mente inquieta que no encuentra descanso porque ha perdido el contacto con el alma. La paz no nace del privilegio, sino de la comprensión.
Vivimos tiempos de hiperconexión y de sobreinformación, pero también de profunda desconexión con lo esencial. Cambiamos la introspección por la opinión, la contemplación por el entretenimiento constante. Nos dejamos arrastrar por la intriga del día a día: lo que el otro dijo, lo que no respondió, lo que podríamos perder, lo que aún no conseguimos, y sin darnos cuenta, le entregamos nuestra paz a nuestros miedos y expectativas. Dejamos que nuestra tranquilidad dependa del humor de otros, de los resultados, del reconocimiento, de la validación ajena.
Pero la paz verdadera no se encuentra afuera, se revela adentro.
Y no, no es una utopía, ni un cliché
Basta mirar la historia de la humanidad: desde tiempos antiguos, la paz ha sido un anhelo profundo del ser humano. La hemos invocado de múltiples formas: “Que la paz esté contigo”, “Ve en paz”, “En paz descanse”. Frases comunes, sí, pero cargadas de una aspiración espiritual: la búsqueda de una armonía que trasciende el conflicto, una reconciliación con la vida, con la muerte, con el otro, con nosotros mismos.
Tal vez el gran desafío no es encontrar la paz, sino recordarla.
Recordar que ya la conocimos y que l está en nosotros como una semilla esperando espacio, silencio, cuidado.
Te dejo unas preguntas para reflexionar
¿Qué significado tiene para ti la palabra “paz”?
¿Vives desde la paz o desde la intriga?
¿Qué pensamientos, emociones o hábitos te alejan de tu centro?
¿Qué podrías hacer hoy para cultivar un poco más de serenidad en tu vida?
El Maestro sonríe…
Y tú, ¿puedes hacerlo también?
No porque todo esté bien, sino porque estás en camino de volver a ti.
Ahí, justo ahí, comienza la verdadera Paz.
“Donde hay Fé hay Amor, donde hay Amor hay Paz, donde hay Paz esta Dios y donde esta Dios no falta”
Con afecto
Servir para Trascender
Miguel Vladimir Rodríguez Aguirre